Practica analizando los siguientes textos:
- "El niño que no sabía jugar" - Ana María Matute
Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. «Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir». Pero el padre decía, con alegría: «No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa».
Un día la madre se abrigó y
siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño
llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana
y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a
uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito,
¡crac!, y les segaba la cabeza.
- "Un trozo de chocolate" - Joles Sennel
Me abordó a poca distancia de mi
casa. Estábamos a finales de la primavera y hacía por lo menos dos semanas que le habíamos dado el
pasaporte al tiempo fresco. Pero él llevaba todavía una americana de pana, un
poco raída por los codos, con las solapas y una gorra de franela hundida hasta
los ojos. No se había afeitado desde hacía días, tal vez para dar miedo. Pero
no daba mucho. Más bien daba lástima.
Yo le seguí la corriente por pura
solidaridad, a pesar de que, desde el primer momento, me di cuenta de que la
pistola con la que me apuntaba, a un palmo de mi nariz, era de chocolate; de
chocolate con leche, que es el que más me gusta. Tuve que hacer verdaderos
esfuerzos para poner una cara de circunstancias, medianamente convincente, y no
clavar un buen mordisco a aquel tentador cañón que temblaba bajos unos ojos.
Me apoyé en la pared contemplando
al atracador, que torcía la cabeza hacia un lado y hacía chasquear la lengua,
mientras buscaba las palabras para decirme que aquello era un atraco. Al ver su
embarazo, opté por hacerle un gesto de inteligencia, dándole a entender que me
hacía cargo de la situación y empecé a
rebuscarme los bolsillos. Al fin saqué medio paquete de negro, un encendedor
tirando a viejo, un pañuelo, un bono de autobús, medio gastado, doscientas
treinta cuatro pesetas y el carné de identidad.
El carné me lo quedo. A usted no
le servirá de nada y a mí me hace mucha falta.
El atracador dijo que sí con la
cabeza mientras tragaba saliva ruidosamente.
-¿Está usted en el paro, tal vez?
En mala hora se lo pregunté. El
hombre tuvo un sobresalto, dio un traspiés, que por poco le hace
perder el equilibrio, y dejó caer el arma encima de mis pantalones, dejándolos
hechos una pena. Y lo peor fue que no pudo aprovechar la pistola, porque al
caer, como estaba tan blanda, se mezclo con la tierra que había en el suelo.
El atracador se echó a llorar como
una magdalena. ¡No había forma humana de consolarlo!
-¿Está usted parado o lo hace por
vicio?- le preguntaba yo por decir algo, angustiado al verlo llorar con tanto
desconsuelo.
No quiso contestarme. Su respuesta
fue devolverme todo lo que me había quitado, dándome además una insignia del
Barça a modo de indemnización. Al fin abrió la boca para decirme que, aparte de
la insignia, no tenía nada más que ofrecerme. Yo le contesté que prefería que
me aclarara por qué se dedicaba a un trabajo tan ingrato y con unas
herramientas tan poco serias. Se negó en redondo a responder. Moqueó, levantó
la cabeza, se levantó las solapas de la chaqueta, que se le habían bajado, y,
con las manos en los bolsillos, se marchó dejándome plantado en medio de la
calle, más sólo que la una.
Por lo menos habría podido
acompañarme hasta la puerta de mi casa. Todo el mundo sabe que andar sólo por
esas calles, según a qué horas, es un
tanto peligroso.
Lancé una última mirada al
chocolate que había en el suelo y continúe mi camino. Después de todo, aquel
atracador debía ser un pedazo de pan. Con chocolate.
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